Por Laura Méndez
Clara Martínez lleva más de una década recorriendo Europa a un ritmo que pocos mantienen. No es influencer, ni escribe guías. Es una clienta habitual de una pequeña agencia de viajes de Bolonia especializada en itinerarios a medida y grupos reducidos. Lo que la diferencia es que cada viaje empieza, literalmente, sobre papel: un cuaderno encuadernado a mano con el día a día, mapas dibujados y direcciones anotadas a lápiz. Cuando accedió a esta entrevista, avisó de que no iba a dar nombres propios ni eslóganes. “Quiero contar lo que se siente cuando dejas de improvisar todo el tiempo”, dijo.
La conversación tuvo lugar en una plaza de un pueblo de piedra del interior de España. Clara llevaba una blusa blanca de volantes y unas gafas transparentes que casi desaparecían bajo el sol.

“La gente cree que viajar mucho es una cuestión de dinero o de tiempo libre. En realidad es una cuestión de método”, explicó mientras señalaba la torre del reloj. “Cuando todo está pensado con calma, sobre papel, el viaje deja de ser una sucesión de check-ins y se convierte en algo que puedes sostener durante semanas o meses.”
Ese método la ha llevado, en los últimos años, desde el norte de Portugal hasta las Cícladas, pasando por el interior de Francia, los lagos del norte de Italia y varios pueblos de la costa catalana. No viaja siempre con el mismo grupo. A veces va sola, a veces se une a uno de los grupos pequeños (nunca más de doce o catorce personas) que organiza la agencia. Lo que sí repite es la forma de planificar.
En una de las fotos que compartió aparece en un jardín frondoso, con un vestido de rayas y un abrigo claro. Las gafas transparentes siguen ahí.

“En ese viaje por el sur de Francia me di cuenta de algo que no había admitido antes”, contó. “Cuando el itinerario está escrito a mano y revisado dos veces, dejas de mirar el teléfono cada media hora. Empiezas a ver lo que realmente está delante de ti. Y eso, en una Europa cada vez más saturada, se está volviendo raro.”
Clara no idealiza. Admite que los primeros días de un viaje largo siempre hay algo que no encaja: un tren que se retrasa, un hotel que no es exactamente como se esperaba, un día de lluvia que obliga a cambiar de planes. La diferencia, según ella, está en cómo se resuelve. “Cuando tienes un cuaderno con el programa real y las alternativas ya pensadas, no entras en pánico. Llamas a la persona que te ha preparado el viaje y, en la mayoría de los casos, ya tiene una solución. No es magia. Es que alguien se ha sentado antes que tú a pensar en lo que puede fallar.”
Una de las imágenes más llamativas es la de una plaza porticada bajo un arco de piedra. En el recuadro aparece el rostro de Clara sonriendo con las mismas gafas.

“Esa plaza está en un pueblo que casi nadie visita porque no sale en las listas de ‘los diez imprescindibles’”, dijo. “Fuimos porque en el cuaderno había una nota: ‘si el tiempo acompaña, merecen la pena las sombras de la tarde’. Llegamos a las cinco y nos quedamos hasta que cerraron el último bar. Nadie nos pidió que nos fuéramos. Eso no pasa en los sitios que todo el mundo conoce.”
El viaje más largo que recuerda duró casi tres meses. Empezó en Lisboa, bajó por el Alentejo, cruzó a España, subió por la costa hasta Francia, entró en Italia por el norte y terminó en las islas griegas. No fue de corrido: hizo pausas de varios días en ciudades donde la agencia le había reservado alojamientos que permitían quedarse más tiempo si lo deseaba.

En varias fotos aparece con una camisa de denim azul y las gafas transparentes. En una está sentada en un sofá amarillo, con un bolígrafo en la mano.

“Esas fotos son de un programa de televisión local al que me invitaron cuando volví de uno de los viajes. Me pidieron que contara ‘secretos de viajera’. Les dije la verdad: el secreto es que casi no hay secretos. Hay trabajo previo. Hay alguien que se ha tomado el tiempo de escribirte el día a día en lugar de mandarte un PDF de veinte páginas que nadie lee. Y hay la decisión, por tu parte, de no llenar cada hueco con reservas de última hora.”
En otra imagen aparece junto a un hombre de pelo gris y barba, en una calle de una ciudad grande. Ella lleva las gafas transparentes; él, unas de sol negras.

“Ese día íbamos a recoger unos documentos que necesitábamos para el siguiente tramo. Nada glamuroso. Pero era parte del viaje. Cuando planificas en papel, también planificas los momentos aburridos. Y resulta que esos momentos, bien situados, no rompen el ritmo. Lo sostienen.”
Clara insiste en que no se trata de viajar más despacio por romanticismo. Se trata de viajar de forma que el cuerpo y la cabeza aguanten. “He visto a gente muy joven llegar a la tercera semana agotada porque cada día habían cambiado de planes tres veces. Yo, a la misma altura, todavía tenía ganas de caminar. La diferencia no era la edad. Era que mi agenda no dependía de lo que saliera en una aplicación esa mañana.”
Una de las últimas fotos que mostró es un atardecer junto a un puente de piedra, con el sol bajo y una torre al fondo. Clara sonríe con las gafas puestas.

“Ese puente está en un pueblo del interior de Italia. Llegamos cuando el sol ya estaba bajo porque el cuaderno decía que merecía la pena esperar. No había nadie más. Solo el agua y la luz. En ese momento entendí por qué sigo volviendo a la misma agencia. No porque me prometan cosas extraordinarias. Porque me ayudan a no perderme lo ordinario cuando está en su mejor momento.”
Al final de la entrevista le pregunté qué le diría a alguien que quiere hacer un viaje largo por Europa pero no sabe por dónde empezar. Se quedó un momento en silencio.
“Que no empiece por los billetes. Que empiece por sentarse con alguien que sepa escribir un itinerario a mano. Que pida ver cómo queda el papel antes de pagar el resto. Y que acepte que el viaje no será perfecto. Será, simplemente, posible durante más tiempo del que imagina.”
Clara volvió a ponerse las gafas, se levantó y señaló la plaza. “¿Ves esa sombra ahí? En el cuaderno de este viaje hay una nota que dice que a esta hora el café de la esquina todavía tiene las mesas a la sombra. Vamos a comprobarlo.”
